ESTA ES LA PRIMERA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. EN SU POST ESTRENO, “LA SOMBRA DE LUMIÈRE” PUBLICA UN CUENTO DE RICHARD FERREIRA INTITULADO “LOS AMANTES EN EL LABERINTO”.

Por Richard Ferreira

Se acomodó la bufanda y se puso de espaldas al viento para amortiguar el frío latigazo en el rostro. Sólo la tos, que aparecía de forma intermitente, rompía el silencio en medio de aquella oscuridad cerrada. Encendió un cigarro y miró a través del humo como tratando de adivinar las formas.
- ¿Era a las nueve?, se preguntó para sí, como dudando un momento.

Era una noche fría de invierno. Por la rambla, los autos corrían enloquecidos a sus casas donde aguardaba la seguridad, el vaso de whisky, una comida caliente. Así funcionaba el mundo; seguridad y costumbre, costumbre y más seguridad. El amor era una forma de ambas cosas. Una calesita monótona de decadencia.
- ¿Era a las nueve?, se volvió a preguntar, ahora algo más nervioso.

La ciudad se dibujaba allá a lo lejos. Las luces amarillas, algunas estáticas y otras en movimiento, parecían un hormiguero enloquecido, caótico y azaroso que devoraba a un oscuro y silencioso animal de bloque y vidrio, entre casa y casa.
Esperar, como él la esperaba, era como matarse arrancándose el corazón. Siempre que se separaban, él sentía que le quedaba el pecho abierto y vacío.
Siempre sabía cuando ella estaba llegando. De alguna forma, inexplicable, debajo de su piel, todos los besos que se habían dado volvían al mismo tiempo y lugar quemando como el viento que erosiona la roca. Él era arena entre sus manos.
En su reloj ya eran las nueve en punto, la alarma, que había colocado horas antes, así lo indicaba.
- ¿Sería acá?, se preguntó.

Eventualmente, el Parque Rodó le era familiar. Recordaba sobre todo el pelo de ella movido por el viento. Una bandera negra y preciosa que golpeaba su cara mientras la besaba. Pensaba en aquellos paseos tomados de las manos, mientras la noche caía suavemente sobre los dos. Era agradable ver como sus sombras se iban estirando hasta perderse para siempre en la oscura noche, fundiéndose a lo lejos.

- Ahí viene, se dijo. Le pareció ver desde la esquina el dibujo de su encantadora silueta, desvaneciendo todo a su alrededor, modificando las estructuras circundantes, trayendo un poco de primavera en medio de aquel gélido invierno.
Pero no era ella. En realidad no era nadie. La calle estaba totalmente vacía y los negocios estaban cerrando su cortina metálica.

- Su nombre era… ¿Cómo se llamaba? Le costó recordarlo, fue necesario volver otra vez a los viejos instantes, que como fotos en una caja de zapatos, le devolvían algo de aquellos momentos.
Siempre se encontraban en 18 de Julio, o cerca de ahí, y bajaban hacia el mar por cualquiera de las calles que le dieran perspectiva a su paseo. Allá en el fondo, el gris bañado de espuma los esperaba para presenciar su entera y total devoción.

No hablaban mucho, realmente no era necesario. Hablar es para los tontos que no saben comunicarse con el cuerpo, con los gestos, con el alma, con los latidos del corazón y las caricias. En su amor se intuían; no necesitaban más.

El tiempo y el espacio estaban desfasados. Esas dos razones siempre hicieron imposible un nuevo encuentro. Ambos habían soñado su propia historia.

¿Sería cierto?, pensó él. Era tan real, su piel tan tensa debajo de su pollera, sus muslos tan verdaderos. Trato de recordar el lugar donde se conocieron, sin embargo no pudo. Es que todo se esfuma después de un sueño, volviendo a la nada misma y al olvido.

De repente, un viento más frío llegó hasta él. Levantó la solapa de su abrigo y apuró otro cigarrillo. Escupió una bocanada de humo azul y sus ojos se empañaron. Se secó con su manga, haciéndose daño con uno de los botones de madera.
- La puta madre, dijo.

Se hizo tarde. El sol ya asomaba allá en el fondo del mar y la gente comenzaba a levantarse para ir al matadero. Tiró su cigarro y lo pisó hasta apagarlo.
- Quizás era mañana, pensó con algo de autocomplacencia.

- Mejor vuelvo mañana. Así había sido desde hacía siete años, más precisamente desde aquel día en que él entró al mar para nunca más salir, justo en el mismo instante en que ella se despertaba de su sueño, cien años atrás.
El enorme y complicado laberinto del espacio y el tiempo los contenía, mientras ellos soñaban con romper las paredes.