ESTA ES LA SEGUNDA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. LA SOMBRA DE LUMIÈRE PUBLICA HOY EL CUENTO "UNA PEQUEÑA DISCUSIÓN CON JESÚS" DE RICHARD FERREIRA.


Por Richard Ferreira

La tarde se deslizaba como una babosa, lenta, muy lenta y pesada. Sólo el medio litro de whisky menos en mi botella, acompasaba el flagelo. En la televisión, durante toda la semana hubo sólo noticias lamentables. Una inundación en Paso de los Toros, mísiles y guerra por petróleo. Un cura era acusado de violar niños en una fundación de ayuda a carenciados sociales y pedía el perdón público; el consenso general se lo daba. En realidad el común de la gente prefiere olvidar rápidamente ese tipo de atrocidades, seguramente porque le recuerden que es parte de esa eterna condición de ciegos.

Para colmo, la semana había sido fatal, problemas con el trabajo, en la familia, hasta el jodido perro se había enfermado y hubo que pagarle una operación. El perro estaba afiliado a la veterinaria y yo no tenía un seguro médico, ni cuota mutual, ni un lugar donde atenderme. Seguramente, de pasarme algo, terminaría en una sucia cama del Maciel, envuelto en sábanas con orines, amarillas y duras de mugre abandonando mis males y adquiriendo nuevas y misteriosas enfermedades.

Estaba mirando la televisión, en aquel viernes 13 cuando sonó el teléfono. Me levante pesadamente del sillón, como no queriendo ir, arrastrando conmigo todas aquellas imágenes del infierno televisivo. Marionetas demoníacas imitando lo humano y lo humanizante.

- Hola, dije.
- Sí, con lo de Hugo.
- Si, él habla.
- Hola, soy Jesús. Te he estado buscando.

Por más que busque en mi memoria el recuerdo de este tal Jesús, éste no apareció. Recuerdo cierta vez, después de una fiesta en la Facultad de Arquitectura, que todo el mundo me saludaba al otro día mientras iba a clase. No reconocí a nadie. Más tarde me enteré que me emborrache y recite a Shakespeare, mientras me trepaba a la “Victoria de Samotracia” y le besaba los pechos. Realmente cojonudo. La gente es así, idealiza casi todas las cosas.

- Estoy acá y no puedo pasar el río. Está crecido.
-¡Mirá!, contesté sorprendido, sin saber con quien estaba hablando.
- Decile a María que ahora paso a buscarla en moto para cenar.

¿Quién diablos era María? ¿Y Jesús? Me llevó algún tiempo hacer una conexión posible de los hechos. A esa altura el whisky había hecho su trabajo y las cosas parecían recuperar un sentido místico e intangible, oculto la mayoría de las veces tras la cortina de lo rutinario y cotidiano.
Decidí llevar la conversación como que todo fuera normal y conociera al que estaba del otro lado.

- ¿Cómo anda el asunto de la carpintería?, le dije.
- Bien, por ahora, me contestó para mí asombro.
- ¿Cómo está José?, le pregunté.
- Ahí anda, cuidando del negocio.
- ¿De dónde me llamás?
- Estoy acá en el camping.

Ya a esta altura la imaginación volaba. Lo veía en el desierto, tal cuál se menciona en los pasajes bíblicos, en medio de un campamento justo antes del milagro del pan y los peces. ¿Acaso los uruguayos no hacemos ese milagro todos los días?, me pregunté.

- ¿Qué van a comer?
- Compré pescado, me contestó.
- ¿Estás seguro que va a dar para todos? Mirá si te caen visitas.
- Donde comen dos, comen tres, dijo mi interlocutor desconocido, pero infinitamente sapiente.

No sé porque razón, de repente, vino hasta mí la noticia de la inundación de paso de los Toros. Hacia algunos años atrás estuve en un camping, cerca del Río Negro. El desconocido había mencionado que estaba en un camping.

- ¿Dónde estás?, le pregunté.
- Acá, cerca del Río Negro.
- ¿En Paso de los Toros?
- Si. Decile a María que la paso a buscar.

María madre o María amante. Supongo que no sería asunto mío, ya que en el medio estaría todo ese asunto de la fe.

La conversación se había hecho larga y en realidad ya me había aburrido del juego. Así que decidí terminarla.

- Lo siento, se equivocó de número. Estas hablando a Montevideo.
- ¿Por qué no me lo dijiste antes…?

Corté sin responder. ¿Sería o no el Mesías? Entonces, ¿por qué me llamó a mí? Si era él, ¿por qué no hacia nada por las víctimas de la inundación? ¿Qué hacía manejando una moto? Demasiadas preguntas, y mucho whisky, habían hecho su trabajo. Ya me dolía la cabeza.
Había perdido la fe hacia muchos años y sólo, de forma intermitente, se presentaba en los momentos complicados de mi vida.

Mientras tanto en el cuarzo de la televisión seguía lloviendo fuego sobre Bagdad, la policía mataba gente que robaba para comer, mientras banqueros ladrones de cuello blanco dormían cómodamente en cárceles con sábanas de seda. Mucha gente moría sin saber y sin pedir el sacrificio de otro por sus pecados personales. El mundo, en general, se seguía moviendo a partir de la estupidez de unos pocos y todos estábamos encerrados, confinados y condenados a él. Los corderos, por lo menos, teníamos alcohol.