Por Richard Ferreira
El 6 de enero se había levantado temprano, como todos los Días de Reyes. A Pedro algo le movilizaba aquella mañana, algo mágico y esperanzador. Aquel verano todos los niños esperaban al soldado Joey con sus accesorios de guerra, su vestimenta camuflada, sus botas, su tanque de guerra, pronto a defender a la bandera estadounidense. Para eso, es que todos habían nacido.
Al llegar al regalo, al pie del árbol, el envoltorio le arrancó la ilusión de cuajo. Éste tenía forma esférica, redonda, como la del año pasado. Indudablemente, era una pelota de fútbol. Una número cinco con los colores blanco y negro desparramados por cada parche. Pentágonos bicolores rellenos de aire.
Dio un suspiro profundo, quizás de tristeza, tomó la pelota y le dio un par de golpes haciéndola rebotar. Era tan aburrido, los mismos botes de siempre, los mismos movimientos que uno podía adelantar. Incluso los colores, eran los mismos del año pasado.
- ¡Qué balón!. Tenés que romperla, le dijo su padre que estaba mateando desde temprano.
- Sí, contestó Pedro, sin nada de excitación.
- ¿Hoy hay entrenamiento?
- Sí, a las cinco
- Decile al entrenador, no te olvides, que tu puesto es de puntero derecho y no de volante de marca.
- Ufa, pensó para adentro suyo.
- Entrená duro porque el domingo es la final y hay que ganar.
A Pedro le gustaba dibujar y leer. A pesar de tener tan solo 12 años, había leído muchísimo más que los demás niños de su edad. Cortázar, algo de Borges, Kafka y otros autores que había encontrado en la biblioteca de su abuelo y que éste le prestaba a escondidas y regañadientes de su padre.
El padre de Pedro, como tantos otros, pensaba que la redención suya, estaba en función del futuro futbolístico de su hijo. Soñaba con un pase a Italia o España, en irse con él y así, quizás, realizarse.
El padre de Pedro fue un gran futbolista, pero una lesión grave, le había truncado la carrera. Su vida había transcurrido básicamente dentro de una fábrica de botellas. Seguramente su último trabajo posible hasta la jubilación.
El domingo había llegado y el estadio estaba repleto de vecinos y padres de jugadores. Pedro había hablado con el entrenador y éste lo puso aquella tarde de puntero derecho. Aunque a Pedro le gustaba marcar y jugar en la mitad de la cancha, no se animaba a contradecir la voluntad paterna. Digamos que el chico se había hecho cargo de la historia del viejo y aceptaba de muchas formas ser la redención de su autor.
A él le costaba jugar de puntero derecho. Realmente le parecía estúpido hacer todo el trabajo para el número nueve. Desbordar, llegar a la línea final, levantar la cabeza y afinar la puntería al coco del boludo que para lo único que servía era para cabecear. Le parecía una función tonta y mecánica, como el trabajo de su padre en la fábrica. Pensaba muy hacia adentro que, quizá, su destino fuera ese, el de su padre.
El entrenador explicó básicamente la idea del partido. Precisamente, buscar al número nueve, por lo tanto a desbordar por las dos puntas.
El primer intento de Pedro de picar por la punta terminó en outbol para los contrarios, porque se tropezó con la pelota. El segundo en un trancazo que le hizo comer el piso. Su padre desde afuera, pegado al alambrado, no paraba de gritar.
- Pedíla, pedíla.
- Bueno.
Pedro se reincorporó de mala gana. El fútbol le parecía realmente un juego estúpido. Once verdaderos imbéciles corriendo detrás de una pelota y sin contar el otro cuadro.
El primer tiempo había terminado. La actuación de Pedro no fue buena y en el vestuario había un silencio sepulcral. El entrenador daba comienzo a la charla del entretiempo cuando de repente alguien abrió la puerta a los golpes. Era el padre de Pedro.
- ¿Pero me querés decir que pasa contigo? No hubo respuestas de parte de Pedro.
- Te estoy hablando, atrevido. Contestá.
- No me gusta jugar de puntero.
- ¿Qué?
Su padre se acercó y le dio una bofetada mientras le decía: - Será mejor que empieces a moverla, sino te va a ir muy mal cuando llegues en casa.
Se hizo un silencio pesado, todos tenían vergüenza de lo que había pasado. El entrenador había perdido autoridad frente a sus muchachos. ¿Qué decirles después de eso?
- Bueno chicos, comienza el segundo tiempo. Solamente jueguen, diviértanse y disfruten.
El partido se reanudó. A la primera pelota que le llega, Pedro acelera driblando adversarios, llega a la última línea y levanta un centro que es desaprovechado por el nueve, que la tira afuera.
- Seguí hasta el arco, gritó su padre. Pedro lo escuchó, pero hizo como si no lo hubiese hecho.
El partido tuvo tres o cuatro jugadas parecidas, a las que su padre contestaba desde afuera gritándole que siguiera y no la pasara hasta que llegara al arco.
Ya faltaba poco para terminar el partido, cuando ocurrió la jugada desafortunada. Pedro tomó la pelota y cuando giraba para picar, el marcador le metió una plancha en el tobillo. Pedro no se podía levantar del dolor.
- Dale cagón, levantate. No seas marica, gritaba el padre de Pedro.
- No puedo, no puedo, aullaba Pedro.
- Que te levantes o vas a ver lo que te espera, amenazó.
Se levantó con dificultad, el dolor era insoportable. El spray no calmaba el ardor. A pesar de no querer seguir, estaba obligado a hacerlo. Miró a su padre y lo vio callado, le habían dado un mate y estaba distraído hablando con otro padre. De repente Pedro vio el claro, la jugada esperada del partido de su vida.
Recibió la pelota, pero no enfiló por el lateral, sino que se paró en la línea de la mitad del campo y enfilo hacia las gradas. El padre seguía distraído.
Cuando estaba a punto de llegar a la línea del outbol la calzó justo, de derecha, llenándose todo el empeine con el balón. La pelota pegó de lleno en la cara del padre y la bombilla le cortó la boca. El otro cuadro hizo un gol y Pedro perdió el campeonato.
Al año siguiente, Pedro entró al liceo y leyó cuanto quiso. Ya nadie le rompería los huevos con el fútbol.










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