ESTA ES LA CUARTA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. LA SOMBRA DE LUMIÈRE PUBLICA HOY EL CUENTO "EL PACO" DE RICHARD FERREIRA.


Por Richard Ferreira

La última bocanada de humo azulado escapó de sus labios de forma torpe y caótica, poco controlada. El azar se adueña a veces de nuestros estúpidos determinismos y eso nos calma… por lo menos en ciertas ocasiones.

Le pareció ver en el humo imágenes de animales horribles y mitológicos, rostros familiares, amigos que ya no estaban, su padre y el cinturón, cosas que le daban miedo, pero que se iban desvaneciendo lentamente en el aire. Y eso lo tranquilizaba un poco.

Paco se había fumado el último veinticinco y la noche venía larga aún. ¿Cómo soportar el dolor de sentir que uno se estaba escurriendo de esta vida como granos de arena por los dedos de un niño? Se sintió nervioso por no tener nada a mano para acompasar su existencia. Se levantó y fue hasta el cajón de la mesa de luz del cuarto y buscó el fierro. Abrió el tambor y no le quedaban balas. Buscó en otros cajones y no encontró ninguna.

Luego se dirigió al comedor y se sentó en el sillón para limpiar el arma. Sacó el tambor, revisó la mira y puso todo otra vez en su lugar. Un ritual mágico de un puzzle marginal.
La luz amarilla de la lámpara caía del techo como una pesada meada de los dioses, una telaraña que lo envolvía todo. Todo se veía como páginas de diario amarillas y viejas, aburridas, como su vida misma.

A su mente vino la imagen del almacén de la esquina. Nunca le había caído bien el gordo del almacenero. Siempre prepotente y mal educado atendiendo a la gente con cierto desdén.
De repente le llegó una idea. ¿Por qué no? Plata fácil y rápida. Nadie sabía que no tenía balas y a esa hora de la noche nadie lo vería. Las personas suelen no meterse en asunto ajenos en aquel lejano y apartado barrio. Recordó aquella vez que robó los cables de teléfono para vender el aluminio y comprarse pasta base. La gente pasaba por la calle y ni siquiera le decían algo, no se metían. Era la misma indiferencia cómplice del que se sube a los bondis y hace como que duerme mientras suben los vendedores, los músicos o los que simplemente “mangan” –qué por cierto son la gran mayoría–. Todos ellos eran una suerte de “fantasma de Canterville”, atravesando las cosas y las personas. Entes sin voz y sin palabras, que circulan por esta vida sin un propósito particular. La indiferencia sepulta a este tipo de gente como las olas que se llevan la arena.

Paco se puso una bufanda y salió al frío del mes de julio. Caminó unas cuadras, no había nadie en la calle. Al llegar al almacén vio la luz prendida y la torpe silueta del sapo del almacenero se divisaba a través de la cortina de cintas de colores. Éstas le trajeron el recuerdo inesperado de un momento de su infancia. Era un cumpleaños. Había globos de colores por todos lados. Recordó también la enorme felicidad de esas formas y de esa edad. ¿Dónde habría quedado todo eso?, pensó. ¿Quién se lo había robado?

Al llegar a la puerta se detuvo un momento, como dudando. Algunos años de catecismo religioso habían hecho su trabajo moral. Se decidió por fin y entró, no sin antes haberse acomodado la bufanda para cubrirse el rostro.
Pateó la puerta y gritó:

- No te muevas o sos boleta gordito.
- ¡Qué querés hijo de puta!, vocifero sorprendido el almacenero.
- ¡Dame toda la plata, carajo! O te quemo!
- Tranquilo, tranquilo.
- Tranquilo las pelotas, hijo de mil putas. Te voy a romper el culo. Apúrate.
- Epa, epa. Tranquilo falopero.

El almacenero tanteo debajo del mostrador, pero no encontró el rifle recortado. Ese mismo día, a la mañana, lo había llevado a la bodega de la almacén para limpiarlo y se había olvidado regresarlo a su lugar. Resignado procedió a abrir la caja registradora y a vaciarla.

- ¡Dale, dale, apurate!
- Voy, voy.
- Ponéla en la bolsa. ¡Ponéla en la bolsa, te dije!

Con la plata ya guardada, Paco salió corriendo de la almacén llevándose puesta la puerta que él mismo había cerrado instantes antes. El almacenero corrió desesperado hacia la bodega. Paco no se quedó para averiguar que estaba haciendo.

En su huida la noche parecía un extenso túnel oscuro manchado de estrellas. La boca de la bestia, que reclamaba su alma. Todo se asemejaba a una caída. Lo invadió el vértigo, vivir le parecía un tránsito inútil por evitar las fosas que se le cruzaban. Recorrió varias cuadras dando vueltas sin sentido, antes de entrar a su casa. Quizá no recordaba donde estaba.
Le costó recobrar un poco el aliento tras la corrida frenética por el barrio. Se sentía satisfecho y realizado. Al menos por ese día. Pensó que más tarde pasaría por lo del “Negro” Juan a comprar un par de “veinticincos”.

Se sentó en el sillón y abrió la bolsa. Solo encontró boletas de pago sin llenar. De repente llegó hasta él un recuerdo de su infancia, en cierta lejana Navidad. Él esperaba una bicicleta y al recibir el regalo se encontró con una pelota. La frustración humana era un monstruo cíclico que se topaba con las personas a lo largo de su vida para destrozar de a poco sus sueños.
De repente, las horas de la noche lo elevaron hasta las alturas para luego dejarlo caer contra el piso. Todo era encendido vértigo y náuseas. Corrió hacia el baño y vomitó. Le costó algunos minutos recobrar la vertical. ¿Alguna vez la tuvo?
Afuera las sirenas se escuchaban cada vez más fuerte. Los perros desesperados ladraban rabiosamente.

- ¡Puta!, me reconoció.

Era demasiado tarde para escapar sobre todo de esta vida de condena. Afuera se oían pasos cada vez más fuertes y cercanos, corridas por los pasajes del asentamiento, gritos de mujeres y niños. Los hombres estaban escondidos, por las dudas.

- Éste maldito dolor de cabeza, pensó.

No había droga o vino para acompasar la espera o balas para acortarla definitivamente. Este fue su último pensamiento antes de ver caer deshecha la puerta de su casa.
La vida, más que nunca, le pareció una estupidez insoportable. Y él estaba en ese barco, sin un boleto de regreso.