ESTA ES LA QUINTA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. LA SOMBRA DE LUMIÈRE PUBLICA HOY EL CUENTO "LA MOTIVACIÓN DE LAS BESTIAS" DE RICHARD FERREIRA.


Por Richard Ferreira

Definitivamente, aquellas cuatro semanas de lluvia eran demasiado tiempo. El aire, por la humedad, olía a catacumba, algo muerto en el aire. El barrio parecía ser un cementerio (o por lo menos daba la impresión de serlo).

La ropa, tendida dentro de la casa, olía a orines de bar. Ésta se pudría lentamente como si estuviera sumergida en el fondo de un arroyo apestoso.

Víctor se había levantado cerca de las dos de la tarde. Eso hubiera sido realmente extraordinario,de no ser la costumbre de todos los días. Cada época, cada generación, elige a uno o dos de sus hijos. Les da una razón y los lanza a la gloria, a la muerte prematura o simplemente a arrastrar con sus palabras a la furibunda masa descerebrada. En todos los casos, no era la suerte de Víctor. Supongo que los dioses también cagan soretes en forma humana.
Todos los hombres necesitan de un motor. La necesidad suele ser su fatal combustible. Amor, odio, luego más odio y menos amor, se alternan fatalmente a lo largo de su vida. Lo que prime determina su suerte en la mayoría de las ocasiones.

La cosa no funcionaba para Víctor. Más de una vez pensó en la navaja, un fierro, tirarse a un río, ¿llevarse a alguien? Aquella tarde era difícil de soportar, aún más que las anteriores, las cuales solía acompasar con mucho vino, la eterna eucaristía de los pobres para un dios que lo abandonó.

Víctor realmente se estaba poniendo nervioso. Esto lo supo, en aquella mojada tarde, primero el perro, luego su mujer y cada uno de sus hijos, a quienes solía aporrear con frecuencia.

A eso de las cinco de la tarde, la lluvia paró. Juan, uno de sus hijos, volvía de mangar en los bondis de la línea 174. Traía sólo “20 pesos, lo justo para pan y fiambre.

- ¿Cuánto hiciste hoy?, preguntó Víctor.
- Diez pesos contestó, mintió su hijo.
- Dámelos, dijo con voz amenazante.

El hijo se los dio. Víctor salió a caminar. Eran cerca de las seis de la tarde. ¿Un vino? ¿Por qué no?, pensó. Sería una buena idea. La vida consistía básicamente en avanzar, mientras la tumba abría la boca en un bostezo aburrido y a veces prolongado.

Llegó al cruce del arroyo. El puente marcaba su presencia. Salvo que éste no estaba. El arroyo había crecido y lo había sepultado bajo las frías aguas de aquel invierno.

- Puta, pensó para sí mismo. ¿Cómo hago para cruzar al otro lado? Se disponía a volver a su casa, cuando se cruzó con Miguel.
- Pah, que está crecido esto, dijo Víctor
- No se puede pasar. El puente está tapado, respondió Miguel
- Justo que tenía para comprarme un vino, afirmó Víctor con cara de desilusión.
Miguel vio la oportunidad. En esos contextos de marginación, uno aprende a ver las posibilidades. Él tenía para un litro de vino, pero por qué no dos. Doble o nada, sentenciaba la necedad del espíritu humano.
- Te apuesto un litro de vino a que no sos capaz de cruzar a nado el arroyo, dijo Miguel.
Se hizo un silencio. Víctor también sabía de posibilidades y de lo raro que resultaban ser en su vida.
- Acepto, contestó Víctor.
Bueno, pero antes dejame la plata. Como un seguro. ¿Cómo hago si te ahogas y te vas al fondo? En ese caso y de todas formas, supongo que el ganador sería yo, rió Miguel.

Víctor se tomó algunos minutos para pensárselo bien. Era invierno, hacia frío, podría pescar una neumonía. Eso lo frenaba, pero sin embargo la sed iba hacia el otro lado de su sentido común. La ansiedad era su motor. Algunos mueren por los ideales, otros por imbéciles. El péndulo de la suerte se alterna entre esos dos extremos.

Víctor se sacó los pantalones, los zapatos, la remera y, por último, el buzo. Se quedó sólo en calzoncillos.
- Cualquier cosa, avísale a mi esposa, dijo Víctor.
- Ojalá, bromeó Miguel mientras lanzó una leve carcajada.

Víctor se tiró al agua. El golpe inicial de frío fue acalambrante. Miles de agujas clavadas por todo su raquítico cuerpo. Un faquir idiota, en una vida movida por idioteces. Una marioneta ridícula movida por los hilos de la necedad.

Al principio los movimientos fueron torpes, poco coordinados, como los de una boya loca embestida por una tortuga. Llegando a la mitad del arroyo, ya no sentía el frío o, por lo menos, eso parecía demostrar. Mientras intentaba llegar a la otra orilla, pensaba en algunos momentos de su infancia, arrancando algodón o naranjas en Salto. En aquellos antiguos veranos llenos de sol y azul. Eso lo alimentaba contra el frío. De alguna forma misteriosa, había vuelto al pasado y sólo su cáscara era la que nadaba hacia el otro lado del arroyo.

- Este cabrón lo va a lograr. Adiós vino, pensó Miguel.
Víctor llegó a la otra orilla. Le tomó algunos minutos volver en sí. Su ropa estaba del otro lado y el frío, poco a poco, invadía su cuerpo.
- Maldición, te gané, grito Víctor.
- Increíble hijo de mil puta, expresó Miguel.
- La plata la tengo yo. Tendrás que volver supongo y luego volver a cruzar para comprar el vino, bromeó Miguel.

Así era la gloria. Uno está en la cima y al rato el tobogán de la suerte te baja hasta el infierno. Víctor volvió a cruzar a nado. Al llegar se vistió, cobró su plata y volvió al hogar resignado. Otro día será, pensó. Ya no le quedaban fuerzas para volver a cruzar a nado.
Esa noche no hubo vino. Tampoco otra cosa. Se acostó temprano aunque le era imposible dormir. A pesar de los veinte pesos, toda la familia se acostó sin comer.

- ¿Esta lluvia parará alguna vez?, se cuestionó. Mientras tanto, afuera, los cielos seguían llorando su tranquila y gris misa.