ESTA ES LA SEXTA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. LA SOMBRA DE LUMIÈRE PUBLICA HOY EL CUENTO "TANGO LÉSBICO" DE RICHARD FERREIRA.


Por Richard Ferreira

La música bajó pesada por los parlantes descolgándose desde los cables y el techo como una enorme serpiente que se enrosca hacia la muerte de su presa. Era noche de tango en “El templo del malevaje”.

El escenario aún estaba frío, pero ya latía de temprano el muslo, el cuerpo pegado a la curva de la cintura, el tacón, el tac-tac seco de la madera lustrando las sombras.
La prueba de sonido y luz había terminado, sobre la tabla un ser espectral, bajito y calvo tomó el micrófono.

- Señoras y señores está noche en “El templo del malevaje” presentamos para todos ustedes a Cecil Vitet y Paty Peláez, la dos mejores paridas discípulas del tango, en un show de danza y tai-chi nunca antes visto. Disciplina aprendida por ellas en un encuentro internacional en Cabo Polonio con el místico Dalai-Brama. Con ustedes las protagonistas.

En ese momento una especie de niebla artificial salió del escenario y el gordito desapareció. En su lugar había una especie de enjambre de pelos negros con dos varilla colgándole torpemente en los costados del tronco y otro par por debajo de él. Era Paty Pelaez. No era en realidad gran cosa y tampoco representaba ser todo lo anunciado por el gordito. A su lado había un circo de colores, medias rojas, zapatos azules haciendo juego con alguna cosa que no estaba presente esa noche en “El templo del malevaje”. Tenía un vestido que quería reventar como dos talles más chicos que lo adecuado, en un torpe intento por detener la catarata del tiempo y los años. Era Cecil Vitet.

El “Día que me quieras” comenzó a flotar en el aire lleno del humo podrido de los cigarros. Una luz blanca y pesada brillaba sobre las dos bailarinas que se acercaban, se medían como dos animales antes de arremeter uno contra otro para pelear por algo, hasta la muerte.

Acomodé mis lentes para ver mejor, sabía, de alguna forma, que iba a presenciar algo único; como aquel asunto del 11 de setiembre de 2001.

Cecil tomó a Paty de la cintura y la apretó contra su cuerpo, de forma grosera, como sin pedirle permiso. Con su otra mano, le tiró la cabeza para atrás hasta bendecir su frente con el mentón de ella. La respuesta fue inmediata. Ambas dieron un giro de 45º15’30’, medida con el ballestín de un joven estudiante de astronomía que estaba sentado en la última fila y que más tarde fue publicado por “Mundo científico”, en su edición española, de noviembre del 2002.

El vestido de Cecil pareció dar un suave suspiro para ajustarse a la nueva configuración y se ajusto mágicamente más a la silueta de ella. Dos piezas de un puzzle caprichoso y natural.

Paty se dio cuenta de eso y aprovecho para alisárselo con ademanes suaves de sus manos. En ese momento, se escuchó, desde todo el auditorio, un suspiro unísono de aprobación ante tan maternal hecho. Todos sonamos en ser niños en ese momento.

La danza era suave y ágil sobre las tablas. No había errores apreciables y en verdad parecía una sinfonía. De repente, se escuchó un cambio brusco. La canción que ahora sonaba era “La
cumparsita” del argentino Mattos Rodríguez (ah... ¡los hice calentar !).

El ritmo se vio frenéticamente alterado, atrevido y audaz. Cecil le apretó con fuerza una nalga a Paty, la que se vio sorprendida y encantada a la vez.

A mi lado un gordito devoraba su refresco con vehemencia, descartando con ira la pajita del mismo, que le quitaba dinámica a su succión. Al mirar con atención, me percaté de que el gordito es el presentador del show. Gotas gordas de sudor rodaban por sus redondos cachetes, su camisa tenía sendas manchas en los sobacos y la espalda. Se estaba derritiendo.

A todo eso, el espectáculo continuaba. Las bailarinas parecían un cuerpo único, un monstruo de dos cabezas y cuatro brazos que bailaba.

La noche seguía deslizándose hacia delante y la danza la aceleraba, de alguna forma, hacia un final que todos sabíamos que sería especial.

De pronto el gordito se levantó y corrió corriendo en dirección a los baños. La música seguía, el baile, los latidos de nuestros corazones, los himnos, la carrera frenética hacia dios, su cara, su secreto.

Cecil se movía como una verdadera gata entre los techos, acechando la presa, el trofeo, la gloria, la interminable rotura de la inercia, de todas las inercias, y recuperó los místicos movimientos lentos y suaves de todas las flores que nacen en la primavera. Espléndida. Paty danzaba y se agitaba nerviosa como un enjambre furioso y hambriento, pronto a libar, a devorar a todas las flores de la pradera, a toda la humanidad de Cecil, Y porqué no, ya que estamos, a todos nosotros.

Un furioso rugido me sacó del trance del momento. Los hombres que veían el espectáculo se habían levantado de sus asientos y se dirigían hacia el escenario empujando y tirando sillas hacia los lados, en loca y certera carrera, hacia la primavera y las flores.

Primero tomaron a Cecil y la tiraron al piso, eran tres. Se escuchó un grito que se ahogó, inmediatamente, debajo de la multitud. Paty logró encontrar la salida del escenario y enfiló hacia los baños. Un callejón sin salida, diez o doce hombres entraron después. Nada se escuchó.

Miré hacia los costados y me decidí por ir hacia el baño. Entré a uno de los compartimientos y desalojé. Me largué un pedo. Terminé. En la mitad del asunto, me doy cuenta de un ruido extraño en el compartimiento contiguo. Sonaba como un “taca-taca-taca-taca”. Me paré sobre el water y mire hacia el otro lado, era el gordito que presentaba a las bailarinas. Se la estaba “cascando” contra los azulejos. Bajé, terminé lo mío y busqué la puerta de la salida sin lavarme las manos. Una multitud intentaba salir por una estrecha puerta, se empujaban, había gritos y seguramente dolor.

Me mezclé y le pateé la espalda a alguien justo antes de encontrarme con una bocanada de aire, de libertad, de extraña tranquilidad, mal aprendida en los días de los paseos con la escuela por el Prado. Allí, hace tiempo, uno disfrutaba sobremanera el verde de los árboles como un vicio inseparable al mero hecho de la existencia.

Subí por la calle Ejido hasta encontrar la Avenida 18 de Julio, en el costado izquierdo de ese torpe mastodonte de ladrillo rojo que ahora es zurdo, mañana ya no sé. Caminé largo rato, la ciudad era amarilla, como los bares, como lo viejo, como algo que hay que orear antes de que se pudra.

Desde las alturas de la noche, a las tres de la mañana, la caída parece demasiado grande, peligrosa y el equilibrio ya era algo olvidado y perdido en la adolescencia. Llegué hasta Rondeau y baje hasta Cerro Largo, abrí la puerta de calle y subí hasta el apartamento, no paré hasta deslizarme entre las sábanas. Otra vez vencido por el surrealismo montevideano y quizás, en una dosis pequeña, por mí mismo.

La claridad del día aleteó en mis ojos, me desperté y prendí la radio para escuchar las noticias como todas las mañanas. En eso, escuché:

- Grave disturbio anoche en “El templo del malevaje”. Una horda de animales inadaptados violó a dos bailarinas de tango, luego de destrozar y quemar el edificio. La Policía ha detenido a cincuenta personas a la salida del lugar. En el baño se encontraron los restos calcinados de una persona de baja estatura con los pantalones bajos, lo que seguramente, después de la pericia forense, arrojara cómo resultado otra posible violación”.
- ¿Un giro de 45º15’30’’?, no lo creo, pensé. Mañana compraré “Mundo científico” en su edición española.

Mientras apagaba la radio, seguí pensando que lo del 11 de setiembre fue mucho mejor. Me volví a acostar y esperé a que las horas me deslizaran, junto a ellas, hacia la tarde, nuevamente, como todos los días.