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La Coctelera

LA SOMBRA DE LUMIÈRE

"Mi invento no es para venderlo. Puede ser explotado durante algún tiempo como curiosidad; aparte de eso, no tiene ningún futuro comercial" - Auguste Lumière

Categoría: HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ

22 Agosto 2008

La verdadera historia de "la caída de Roma"

Julio César sobre el doping positivo en el equipo galo: “Esto no le hace bien al deporte”

La caída de Roma es uno de los acontecimientos más relevantes de la historia mundial. El paso del tiempo ha cambiado la verdad sobre los hechos, a tal punto que nada de lo que se dice sobre este suceso es real. Un diario de la época encontrado a orillas del arroyo Miguelete así lo demuestra.

Por: Milton Ferreira

A principios de 2008, una pareja que paseaba a orillas del arroyo Miguelete, aprovechando el calor veraniego y el maravilloso aroma de la zona, descubrió semienterrado un paquete de cuero. No lo dudaron mucho y trasladaron el objeto a la seccional policial del barrio. Tras una complicada investigación, de la cual participaron escolares, liceales, jóvenes y adultos, de ambos sexos, inscriptos al Plan de Emergencia y varios traductores, se descubrió que el antiguo objeto contenía varios pergaminos escritos en latín. En realidad, dichos pergaminos correspondían a una crónica de la Caída de Roma escrita siglos atrás en épocas de Julio César. Consultado acerca de qué valor histórico tiene el objeto hallado, el jefe del equipo de investigaciones de la Facultad de Humanidades explicó que publicarse los resultados, estos “tirarían abajo” la historia acerca de la caída de Roma. Y solamente adelantó que “dichos pergaminos antiguos no hablan de guerra, de bárbaros, de muertes ni de derramamiento de sangre.

Una persona acercó a la redacción un informe acerca de los resultados de investigación. Y como este blog se debe a sus lectores, publicamos el texto íntegro a pesar de las represalias que puedan llegar por esto.


En la víspera, se disputó el primer partido internacional de la historia del balompié. Roma disputó frente a la Galia el poder del Nuevo Mundo.
Para esta gran ocasión, se agotaron las entradas, una mitad en dinero y la otra en especias. En el estadio Coliseo de Roma no entraba ni un alfiler, más de 130.000 espectadores no se quisieron perder este gran partido de fútbol, que significó la catastrófica Caída de Roma frente a los bárbaros de la Galia. Aún no se sabe que va a pasar con la validez del triunfo del cuadro dirigido por el Brujo Panoramix, pero todavía no nos adelantemos a los hechos.
La mayoría del público era locatario y se veía con claridad que ellos estaban seguros de la victoria de su equipo. Las fiestas al Dios Baco que se estaban organizando para celebrar el triunfo(según lo informado por la cadena Pacus Casalus que trasmitió para todo el Imperio), demuestran la confianza de la hinchada para con su equipo.
Los equipos de Roma y Galia salieron a la cancha en el momento en el que el sol estaba en su mayor esplendor. El cuadro bárbaro entró al terreno de juego con gritos de desaprobación e insultos que no le hacen bien al fútbol. Roma por su parte pisó la cancha con papel picado y demostración de cariño. La hinchada no vaticinaba lo que estaba por ocurrir esa tarde.
El árbitro Atila fue elegido para este partido por ser el mejor del momento. Tanto la gente como la prensa de la época, lo consideraban “El Huno”. Apenas pitó el comienzo del juego, el equipo de la Galia se comió entero a Roma, aunque hay que decir que el primer gol fue a causa de las imperfecciones de la defensa que hizo agua por todos lados. Aseguran que fue una venganza del Dios Neptuno, que celoso por no acordarse de él en el momento del rezo en el túnel, inclinó la cancha para los visitantes.
El marcador se abrió con un remate cruzado de Obelix que Pilatos quiso despejar logrando vencer al golero Gianluca Pagliuca. Este partido era el debut del arquero romano a causa de la traición del goalkeeper Brutus que días antes había firmado contrato con Lazio, rival histórico de Roma.
En declaraciones a la prensa, finalizado el juego, el defensa romano Pilatos se “lavó las manos” echándole la culpa al técnico del equipo de Roma, Julio César, que, según él, organizó mal el partido mal. “No supo separar lo profesional de lo personal (su esposa Cleopatra le había sido infiel con el capitán Marco Antonio), por eso perdimos”, dijo el jugador del team perdedor.
El segundo tiempo también fue dominado plenamente por la Galia que a los 65 minutos de partido ya iba ganando 7 a 0. Antes del pitazo final de Atila, Carlus Buenus anotó el único gol de Roma, que no cambió en nada el resultado del partido ni el dominio del equipo visitante.
Los vilipendios (insultos o puteadas) de los hinchada local no tardaron en aparecer demostrando su disgusto por la categórica derrota de su equipo. Los más insultados del equipo romano fueron los hermanos Rómulo y Remo quien eran acusados de que su madre era una perra (¿o era una loba?). Otro que no se salvó fue Marco Antonio, quien era acusado de robarle la mujer a su técnico, Julio César, quien, a su vez, era castigado con el cántico “cornudo, carnudo, carnudo”, situación que, por primera y única vez en el transcurso del partido, vio a las dos barras bravas unidas. Por su parte, el mediocampista de Roma, Augusto, que ni la tocó durante los 90 minutos, también hizo enfurecer al público locatario. Finalizado el partido, la barra brava increpó a este jugador en las afueras del estadio. Fue acusado por “pecho frío” y por tener la cabeza en otra parte en vez de marcar a los galos. Algunos dicen que tal vez estaba pensando en la ejecución en la cruz de aquel pobre judío que se creía el rey de su pueblo.
El imperio había caído 7 a 1 frente a la Galia. La derrota significó, sin lugar a dudas, la Caída de Roma, hecho que, seguramente, cambiará la historia universal.

Positivo en control antidoping

Pero esto no es lo más importante de la fecha, sino que hay que destacar que las muestras de orina de los jugadores galos, Asterix y Obelix, dieron positivo. Según palabras de los médicos que hicieron los exámenes, los galos habrían consumido una extraña pócima que da fuerza sobrenatural, lo que explicaría porque se rompió el travesaño con el cabezazo del centrodelantero galo, Ryan Giggs.
Aún no se sabe con seguridad que va a pasar con la legalidad del resultado. Pero sea cual sea, nadie quitará de la mente del mundo entero que el equipo galo hizo caer al imperio más importante de la historia de la humanidad.

“Ya nos ha pasado”

Luego de la noticia del resultado positivo en las muestras de orina de los delanteros galos, el director técnico del equipo romano, Julio César, realizó declaraciones en conferencia de prensa. El DT declaró: “Esto ya nos ha pasado, hace un mes ganamos por penales un amistoso con un equipo de la región y un jugador de ellos dio positivo”. “Esto no le hace bien al deporte”, finalizó mientras se armaba un porrito.

8 Agosto 2008

Tango lésbico

ESTA ES LA SEXTA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. LA SOMBRA DE LUMIÈRE PUBLICA HOY EL CUENTO "TANGO LÉSBICO" DE RICHARD FERREIRA.


Por Richard Ferreira

La música bajó pesada por los parlantes descolgándose desde los cables y el techo como una enorme serpiente que se enrosca hacia la muerte de su presa. Era noche de tango en “El templo del malevaje”.

El escenario aún estaba frío, pero ya latía de temprano el muslo, el cuerpo pegado a la curva de la cintura, el tacón, el tac-tac seco de la madera lustrando las sombras.
La prueba de sonido y luz había terminado, sobre la tabla un ser espectral, bajito y calvo tomó el micrófono.

- Señoras y señores está noche en “El templo del malevaje” presentamos para todos ustedes a Cecil Vitet y Paty Peláez, la dos mejores paridas discípulas del tango, en un show de danza y tai-chi nunca antes visto. Disciplina aprendida por ellas en un encuentro internacional en Cabo Polonio con el místico Dalai-Brama. Con ustedes las protagonistas.

En ese momento una especie de niebla artificial salió del escenario y el gordito desapareció. En su lugar había una especie de enjambre de pelos negros con dos varilla colgándole torpemente en los costados del tronco y otro par por debajo de él. Era Paty Pelaez. No era en realidad gran cosa y tampoco representaba ser todo lo anunciado por el gordito. A su lado había un circo de colores, medias rojas, zapatos azules haciendo juego con alguna cosa que no estaba presente esa noche en “El templo del malevaje”. Tenía un vestido que quería reventar como dos talles más chicos que lo adecuado, en un torpe intento por detener la catarata del tiempo y los años. Era Cecil Vitet.

El “Día que me quieras” comenzó a flotar en el aire lleno del humo podrido de los cigarros. Una luz blanca y pesada brillaba sobre las dos bailarinas que se acercaban, se medían como dos animales antes de arremeter uno contra otro para pelear por algo, hasta la muerte.

Acomodé mis lentes para ver mejor, sabía, de alguna forma, que iba a presenciar algo único; como aquel asunto del 11 de setiembre de 2001.

Cecil tomó a Paty de la cintura y la apretó contra su cuerpo, de forma grosera, como sin pedirle permiso. Con su otra mano, le tiró la cabeza para atrás hasta bendecir su frente con el mentón de ella. La respuesta fue inmediata. Ambas dieron un giro de 45º15’30’, medida con el ballestín de un joven estudiante de astronomía que estaba sentado en la última fila y que más tarde fue publicado por “Mundo científico”, en su edición española, de noviembre del 2002.

El vestido de Cecil pareció dar un suave suspiro para ajustarse a la nueva configuración y se ajusto mágicamente más a la silueta de ella. Dos piezas de un puzzle caprichoso y natural.

Paty se dio cuenta de eso y aprovecho para alisárselo con ademanes suaves de sus manos. En ese momento, se escuchó, desde todo el auditorio, un suspiro unísono de aprobación ante tan maternal hecho. Todos sonamos en ser niños en ese momento.

La danza era suave y ágil sobre las tablas. No había errores apreciables y en verdad parecía una sinfonía. De repente, se escuchó un cambio brusco. La canción que ahora sonaba era “La
cumparsita” del argentino Mattos Rodríguez (ah... ¡los hice calentar !).

El ritmo se vio frenéticamente alterado, atrevido y audaz. Cecil le apretó con fuerza una nalga a Paty, la que se vio sorprendida y encantada a la vez.

A mi lado un gordito devoraba su refresco con vehemencia, descartando con ira la pajita del mismo, que le quitaba dinámica a su succión. Al mirar con atención, me percaté de que el gordito es el presentador del show. Gotas gordas de sudor rodaban por sus redondos cachetes, su camisa tenía sendas manchas en los sobacos y la espalda. Se estaba derritiendo.

A todo eso, el espectáculo continuaba. Las bailarinas parecían un cuerpo único, un monstruo de dos cabezas y cuatro brazos que bailaba.

La noche seguía deslizándose hacia delante y la danza la aceleraba, de alguna forma, hacia un final que todos sabíamos que sería especial.

De pronto el gordito se levantó y corrió corriendo en dirección a los baños. La música seguía, el baile, los latidos de nuestros corazones, los himnos, la carrera frenética hacia dios, su cara, su secreto.

Cecil se movía como una verdadera gata entre los techos, acechando la presa, el trofeo, la gloria, la interminable rotura de la inercia, de todas las inercias, y recuperó los místicos movimientos lentos y suaves de todas las flores que nacen en la primavera. Espléndida. Paty danzaba y se agitaba nerviosa como un enjambre furioso y hambriento, pronto a libar, a devorar a todas las flores de la pradera, a toda la humanidad de Cecil, Y porqué no, ya que estamos, a todos nosotros.

Un furioso rugido me sacó del trance del momento. Los hombres que veían el espectáculo se habían levantado de sus asientos y se dirigían hacia el escenario empujando y tirando sillas hacia los lados, en loca y certera carrera, hacia la primavera y las flores.

Primero tomaron a Cecil y la tiraron al piso, eran tres. Se escuchó un grito que se ahogó, inmediatamente, debajo de la multitud. Paty logró encontrar la salida del escenario y enfiló hacia los baños. Un callejón sin salida, diez o doce hombres entraron después. Nada se escuchó.

Miré hacia los costados y me decidí por ir hacia el baño. Entré a uno de los compartimientos y desalojé. Me largué un pedo. Terminé. En la mitad del asunto, me doy cuenta de un ruido extraño en el compartimiento contiguo. Sonaba como un “taca-taca-taca-taca”. Me paré sobre el water y mire hacia el otro lado, era el gordito que presentaba a las bailarinas. Se la estaba “cascando” contra los azulejos. Bajé, terminé lo mío y busqué la puerta de la salida sin lavarme las manos. Una multitud intentaba salir por una estrecha puerta, se empujaban, había gritos y seguramente dolor.

Me mezclé y le pateé la espalda a alguien justo antes de encontrarme con una bocanada de aire, de libertad, de extraña tranquilidad, mal aprendida en los días de los paseos con la escuela por el Prado. Allí, hace tiempo, uno disfrutaba sobremanera el verde de los árboles como un vicio inseparable al mero hecho de la existencia.

Subí por la calle Ejido hasta encontrar la Avenida 18 de Julio, en el costado izquierdo de ese torpe mastodonte de ladrillo rojo que ahora es zurdo, mañana ya no sé. Caminé largo rato, la ciudad era amarilla, como los bares, como lo viejo, como algo que hay que orear antes de que se pudra.

Desde las alturas de la noche, a las tres de la mañana, la caída parece demasiado grande, peligrosa y el equilibrio ya era algo olvidado y perdido en la adolescencia. Llegué hasta Rondeau y baje hasta Cerro Largo, abrí la puerta de calle y subí hasta el apartamento, no paré hasta deslizarme entre las sábanas. Otra vez vencido por el surrealismo montevideano y quizás, en una dosis pequeña, por mí mismo.

La claridad del día aleteó en mis ojos, me desperté y prendí la radio para escuchar las noticias como todas las mañanas. En eso, escuché:

- Grave disturbio anoche en “El templo del malevaje”. Una horda de animales inadaptados violó a dos bailarinas de tango, luego de destrozar y quemar el edificio. La Policía ha detenido a cincuenta personas a la salida del lugar. En el baño se encontraron los restos calcinados de una persona de baja estatura con los pantalones bajos, lo que seguramente, después de la pericia forense, arrojara cómo resultado otra posible violación”.
- ¿Un giro de 45º15’30’’?, no lo creo, pensé. Mañana compraré “Mundo científico” en su edición española.

Mientras apagaba la radio, seguí pensando que lo del 11 de setiembre fue mucho mejor. Me volví a acostar y esperé a que las horas me deslizaran, junto a ellas, hacia la tarde, nuevamente, como todos los días.

6 Agosto 2008

La motivación de las bestias

ESTA ES LA QUINTA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. LA SOMBRA DE LUMIÈRE PUBLICA HOY EL CUENTO "LA MOTIVACIÓN DE LAS BESTIAS" DE RICHARD FERREIRA.


Por Richard Ferreira

Definitivamente, aquellas cuatro semanas de lluvia eran demasiado tiempo. El aire, por la humedad, olía a catacumba, algo muerto en el aire. El barrio parecía ser un cementerio (o por lo menos daba la impresión de serlo).

La ropa, tendida dentro de la casa, olía a orines de bar. Ésta se pudría lentamente como si estuviera sumergida en el fondo de un arroyo apestoso.

Víctor se había levantado cerca de las dos de la tarde. Eso hubiera sido realmente extraordinario,de no ser la costumbre de todos los días. Cada época, cada generación, elige a uno o dos de sus hijos. Les da una razón y los lanza a la gloria, a la muerte prematura o simplemente a arrastrar con sus palabras a la furibunda masa descerebrada. En todos los casos, no era la suerte de Víctor. Supongo que los dioses también cagan soretes en forma humana.
Todos los hombres necesitan de un motor. La necesidad suele ser su fatal combustible. Amor, odio, luego más odio y menos amor, se alternan fatalmente a lo largo de su vida. Lo que prime determina su suerte en la mayoría de las ocasiones.

La cosa no funcionaba para Víctor. Más de una vez pensó en la navaja, un fierro, tirarse a un río, ¿llevarse a alguien? Aquella tarde era difícil de soportar, aún más que las anteriores, las cuales solía acompasar con mucho vino, la eterna eucaristía de los pobres para un dios que lo abandonó.

Víctor realmente se estaba poniendo nervioso. Esto lo supo, en aquella mojada tarde, primero el perro, luego su mujer y cada uno de sus hijos, a quienes solía aporrear con frecuencia.

A eso de las cinco de la tarde, la lluvia paró. Juan, uno de sus hijos, volvía de mangar en los bondis de la línea 174. Traía sólo “20 pesos, lo justo para pan y fiambre.

- ¿Cuánto hiciste hoy?, preguntó Víctor.
- Diez pesos contestó, mintió su hijo.
- Dámelos, dijo con voz amenazante.

El hijo se los dio. Víctor salió a caminar. Eran cerca de las seis de la tarde. ¿Un vino? ¿Por qué no?, pensó. Sería una buena idea. La vida consistía básicamente en avanzar, mientras la tumba abría la boca en un bostezo aburrido y a veces prolongado.

Llegó al cruce del arroyo. El puente marcaba su presencia. Salvo que éste no estaba. El arroyo había crecido y lo había sepultado bajo las frías aguas de aquel invierno.

- Puta, pensó para sí mismo. ¿Cómo hago para cruzar al otro lado? Se disponía a volver a su casa, cuando se cruzó con Miguel.
- Pah, que está crecido esto, dijo Víctor
- No se puede pasar. El puente está tapado, respondió Miguel
- Justo que tenía para comprarme un vino, afirmó Víctor con cara de desilusión.
Miguel vio la oportunidad. En esos contextos de marginación, uno aprende a ver las posibilidades. Él tenía para un litro de vino, pero por qué no dos. Doble o nada, sentenciaba la necedad del espíritu humano.
- Te apuesto un litro de vino a que no sos capaz de cruzar a nado el arroyo, dijo Miguel.
Se hizo un silencio. Víctor también sabía de posibilidades y de lo raro que resultaban ser en su vida.
- Acepto, contestó Víctor.
Bueno, pero antes dejame la plata. Como un seguro. ¿Cómo hago si te ahogas y te vas al fondo? En ese caso y de todas formas, supongo que el ganador sería yo, rió Miguel.

Víctor se tomó algunos minutos para pensárselo bien. Era invierno, hacia frío, podría pescar una neumonía. Eso lo frenaba, pero sin embargo la sed iba hacia el otro lado de su sentido común. La ansiedad era su motor. Algunos mueren por los ideales, otros por imbéciles. El péndulo de la suerte se alterna entre esos dos extremos.

Víctor se sacó los pantalones, los zapatos, la remera y, por último, el buzo. Se quedó sólo en calzoncillos.
- Cualquier cosa, avísale a mi esposa, dijo Víctor.
- Ojalá, bromeó Miguel mientras lanzó una leve carcajada.

Víctor se tiró al agua. El golpe inicial de frío fue acalambrante. Miles de agujas clavadas por todo su raquítico cuerpo. Un faquir idiota, en una vida movida por idioteces. Una marioneta ridícula movida por los hilos de la necedad.

Al principio los movimientos fueron torpes, poco coordinados, como los de una boya loca embestida por una tortuga. Llegando a la mitad del arroyo, ya no sentía el frío o, por lo menos, eso parecía demostrar. Mientras intentaba llegar a la otra orilla, pensaba en algunos momentos de su infancia, arrancando algodón o naranjas en Salto. En aquellos antiguos veranos llenos de sol y azul. Eso lo alimentaba contra el frío. De alguna forma misteriosa, había vuelto al pasado y sólo su cáscara era la que nadaba hacia el otro lado del arroyo.

- Este cabrón lo va a lograr. Adiós vino, pensó Miguel.
Víctor llegó a la otra orilla. Le tomó algunos minutos volver en sí. Su ropa estaba del otro lado y el frío, poco a poco, invadía su cuerpo.
- Maldición, te gané, grito Víctor.
- Increíble hijo de mil puta, expresó Miguel.
- La plata la tengo yo. Tendrás que volver supongo y luego volver a cruzar para comprar el vino, bromeó Miguel.

Así era la gloria. Uno está en la cima y al rato el tobogán de la suerte te baja hasta el infierno. Víctor volvió a cruzar a nado. Al llegar se vistió, cobró su plata y volvió al hogar resignado. Otro día será, pensó. Ya no le quedaban fuerzas para volver a cruzar a nado.
Esa noche no hubo vino. Tampoco otra cosa. Se acostó temprano aunque le era imposible dormir. A pesar de los veinte pesos, toda la familia se acostó sin comer.

- ¿Esta lluvia parará alguna vez?, se cuestionó. Mientras tanto, afuera, los cielos seguían llorando su tranquila y gris misa.

7 Julio 2008

El Paco

ESTA ES LA CUARTA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. LA SOMBRA DE LUMIÈRE PUBLICA HOY EL CUENTO "EL PACO" DE RICHARD FERREIRA.


Por Richard Ferreira

La última bocanada de humo azulado escapó de sus labios de forma torpe y caótica, poco controlada. El azar se adueña a veces de nuestros estúpidos determinismos y eso nos calma… por lo menos en ciertas ocasiones.

Le pareció ver en el humo imágenes de animales horribles y mitológicos, rostros familiares, amigos que ya no estaban, su padre y el cinturón, cosas que le daban miedo, pero que se iban desvaneciendo lentamente en el aire. Y eso lo tranquilizaba un poco.

Paco se había fumado el último veinticinco y la noche venía larga aún. ¿Cómo soportar el dolor de sentir que uno se estaba escurriendo de esta vida como granos de arena por los dedos de un niño? Se sintió nervioso por no tener nada a mano para acompasar su existencia. Se levantó y fue hasta el cajón de la mesa de luz del cuarto y buscó el fierro. Abrió el tambor y no le quedaban balas. Buscó en otros cajones y no encontró ninguna.

Luego se dirigió al comedor y se sentó en el sillón para limpiar el arma. Sacó el tambor, revisó la mira y puso todo otra vez en su lugar. Un ritual mágico de un puzzle marginal.
La luz amarilla de la lámpara caía del techo como una pesada meada de los dioses, una telaraña que lo envolvía todo. Todo se veía como páginas de diario amarillas y viejas, aburridas, como su vida misma.

A su mente vino la imagen del almacén de la esquina. Nunca le había caído bien el gordo del almacenero. Siempre prepotente y mal educado atendiendo a la gente con cierto desdén.
De repente le llegó una idea. ¿Por qué no? Plata fácil y rápida. Nadie sabía que no tenía balas y a esa hora de la noche nadie lo vería. Las personas suelen no meterse en asunto ajenos en aquel lejano y apartado barrio. Recordó aquella vez que robó los cables de teléfono para vender el aluminio y comprarse pasta base. La gente pasaba por la calle y ni siquiera le decían algo, no se metían. Era la misma indiferencia cómplice del que se sube a los bondis y hace como que duerme mientras suben los vendedores, los músicos o los que simplemente “mangan” –qué por cierto son la gran mayoría–. Todos ellos eran una suerte de “fantasma de Canterville”, atravesando las cosas y las personas. Entes sin voz y sin palabras, que circulan por esta vida sin un propósito particular. La indiferencia sepulta a este tipo de gente como las olas que se llevan la arena.

Paco se puso una bufanda y salió al frío del mes de julio. Caminó unas cuadras, no había nadie en la calle. Al llegar al almacén vio la luz prendida y la torpe silueta del sapo del almacenero se divisaba a través de la cortina de cintas de colores. Éstas le trajeron el recuerdo inesperado de un momento de su infancia. Era un cumpleaños. Había globos de colores por todos lados. Recordó también la enorme felicidad de esas formas y de esa edad. ¿Dónde habría quedado todo eso?, pensó. ¿Quién se lo había robado?

Al llegar a la puerta se detuvo un momento, como dudando. Algunos años de catecismo religioso habían hecho su trabajo moral. Se decidió por fin y entró, no sin antes haberse acomodado la bufanda para cubrirse el rostro.
Pateó la puerta y gritó:

- No te muevas o sos boleta gordito.
- ¡Qué querés hijo de puta!, vocifero sorprendido el almacenero.
- ¡Dame toda la plata, carajo! O te quemo!
- Tranquilo, tranquilo.
- Tranquilo las pelotas, hijo de mil putas. Te voy a romper el culo. Apúrate.
- Epa, epa. Tranquilo falopero.

El almacenero tanteo debajo del mostrador, pero no encontró el rifle recortado. Ese mismo día, a la mañana, lo había llevado a la bodega de la almacén para limpiarlo y se había olvidado regresarlo a su lugar. Resignado procedió a abrir la caja registradora y a vaciarla.

- ¡Dale, dale, apurate!
- Voy, voy.
- Ponéla en la bolsa. ¡Ponéla en la bolsa, te dije!

Con la plata ya guardada, Paco salió corriendo de la almacén llevándose puesta la puerta que él mismo había cerrado instantes antes. El almacenero corrió desesperado hacia la bodega. Paco no se quedó para averiguar que estaba haciendo.

En su huida la noche parecía un extenso túnel oscuro manchado de estrellas. La boca de la bestia, que reclamaba su alma. Todo se asemejaba a una caída. Lo invadió el vértigo, vivir le parecía un tránsito inútil por evitar las fosas que se le cruzaban. Recorrió varias cuadras dando vueltas sin sentido, antes de entrar a su casa. Quizá no recordaba donde estaba.
Le costó recobrar un poco el aliento tras la corrida frenética por el barrio. Se sentía satisfecho y realizado. Al menos por ese día. Pensó que más tarde pasaría por lo del “Negro” Juan a comprar un par de “veinticincos”.

Se sentó en el sillón y abrió la bolsa. Solo encontró boletas de pago sin llenar. De repente llegó hasta él un recuerdo de su infancia, en cierta lejana Navidad. Él esperaba una bicicleta y al recibir el regalo se encontró con una pelota. La frustración humana era un monstruo cíclico que se topaba con las personas a lo largo de su vida para destrozar de a poco sus sueños.
De repente, las horas de la noche lo elevaron hasta las alturas para luego dejarlo caer contra el piso. Todo era encendido vértigo y náuseas. Corrió hacia el baño y vomitó. Le costó algunos minutos recobrar la vertical. ¿Alguna vez la tuvo?
Afuera las sirenas se escuchaban cada vez más fuerte. Los perros desesperados ladraban rabiosamente.

- ¡Puta!, me reconoció.

Era demasiado tarde para escapar sobre todo de esta vida de condena. Afuera se oían pasos cada vez más fuertes y cercanos, corridas por los pasajes del asentamiento, gritos de mujeres y niños. Los hombres estaban escondidos, por las dudas.

- Éste maldito dolor de cabeza, pensó.

No había droga o vino para acompasar la espera o balas para acortarla definitivamente. Este fue su último pensamiento antes de ver caer deshecha la puerta de su casa.
La vida, más que nunca, le pareció una estupidez insoportable. Y él estaba en ese barco, sin un boleto de regreso.

2 Julio 2008

"El último puntero derecho"

ESTA ES LA TERCERA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. LA SOMBRA DE LUMIÈRE PUBLICA HOY EL CUENTO "EL ÚLTIMO PUNTERO DERECHO" DE RICHARD FERREIRA.

Por Richard Ferreira

El 6 de enero se había levantado temprano, como todos los Días de Reyes. A Pedro algo le movilizaba aquella mañana, algo mágico y esperanzador. Aquel verano todos los niños esperaban al soldado Joey con sus accesorios de guerra, su vestimenta camuflada, sus botas, su tanque de guerra, pronto a defender a la bandera estadounidense. Para eso, es que todos habían nacido.
Al llegar al regalo, al pie del árbol, el envoltorio le arrancó la ilusión de cuajo. Éste tenía forma esférica, redonda, como la del año pasado. Indudablemente, era una pelota de fútbol. Una número cinco con los colores blanco y negro desparramados por cada parche. Pentágonos bicolores rellenos de aire.
Dio un suspiro profundo, quizás de tristeza, tomó la pelota y le dio un par de golpes haciéndola rebotar. Era tan aburrido, los mismos botes de siempre, los mismos movimientos que uno podía adelantar. Incluso los colores, eran los mismos del año pasado.

- ¡Qué balón!. Tenés que romperla, le dijo su padre que estaba mateando desde temprano.
- Sí, contestó Pedro, sin nada de excitación.
- ¿Hoy hay entrenamiento?
- Sí, a las cinco
- Decile al entrenador, no te olvides, que tu puesto es de puntero derecho y no de volante de marca.
- Ufa, pensó para adentro suyo.
- Entrená duro porque el domingo es la final y hay que ganar.

A Pedro le gustaba dibujar y leer. A pesar de tener tan solo 12 años, había leído muchísimo más que los demás niños de su edad. Cortázar, algo de Borges, Kafka y otros autores que había encontrado en la biblioteca de su abuelo y que éste le prestaba a escondidas y regañadientes de su padre.
El padre de Pedro, como tantos otros, pensaba que la redención suya, estaba en función del futuro futbolístico de su hijo. Soñaba con un pase a Italia o España, en irse con él y así, quizás, realizarse.
El padre de Pedro fue un gran futbolista, pero una lesión grave, le había truncado la carrera. Su vida había transcurrido básicamente dentro de una fábrica de botellas. Seguramente su último trabajo posible hasta la jubilación.

El domingo había llegado y el estadio estaba repleto de vecinos y padres de jugadores. Pedro había hablado con el entrenador y éste lo puso aquella tarde de puntero derecho. Aunque a Pedro le gustaba marcar y jugar en la mitad de la cancha, no se animaba a contradecir la voluntad paterna. Digamos que el chico se había hecho cargo de la historia del viejo y aceptaba de muchas formas ser la redención de su autor.
A él le costaba jugar de puntero derecho. Realmente le parecía estúpido hacer todo el trabajo para el número nueve. Desbordar, llegar a la línea final, levantar la cabeza y afinar la puntería al coco del boludo que para lo único que servía era para cabecear. Le parecía una función tonta y mecánica, como el trabajo de su padre en la fábrica. Pensaba muy hacia adentro que, quizá, su destino fuera ese, el de su padre.
El entrenador explicó básicamente la idea del partido. Precisamente, buscar al número nueve, por lo tanto a desbordar por las dos puntas.
El primer intento de Pedro de picar por la punta terminó en outbol para los contrarios, porque se tropezó con la pelota. El segundo en un trancazo que le hizo comer el piso. Su padre desde afuera, pegado al alambrado, no paraba de gritar.

- Pedíla, pedíla.
- Bueno.

Pedro se reincorporó de mala gana. El fútbol le parecía realmente un juego estúpido. Once verdaderos imbéciles corriendo detrás de una pelota y sin contar el otro cuadro.

El primer tiempo había terminado. La actuación de Pedro no fue buena y en el vestuario había un silencio sepulcral. El entrenador daba comienzo a la charla del entretiempo cuando de repente alguien abrió la puerta a los golpes. Era el padre de Pedro.

- ¿Pero me querés decir que pasa contigo? No hubo respuestas de parte de Pedro.

- Te estoy hablando, atrevido. Contestá.
- No me gusta jugar de puntero.
- ¿Qué?

Su padre se acercó y le dio una bofetada mientras le decía: - Será mejor que empieces a moverla, sino te va a ir muy mal cuando llegues en casa.

Se hizo un silencio pesado, todos tenían vergüenza de lo que había pasado. El entrenador había perdido autoridad frente a sus muchachos. ¿Qué decirles después de eso?

- Bueno chicos, comienza el segundo tiempo. Solamente jueguen, diviértanse y disfruten.

El partido se reanudó. A la primera pelota que le llega, Pedro acelera driblando adversarios, llega a la última línea y levanta un centro que es desaprovechado por el nueve, que la tira afuera.

- Seguí hasta el arco, gritó su padre. Pedro lo escuchó, pero hizo como si no lo hubiese hecho.

El partido tuvo tres o cuatro jugadas parecidas, a las que su padre contestaba desde afuera gritándole que siguiera y no la pasara hasta que llegara al arco.
Ya faltaba poco para terminar el partido, cuando ocurrió la jugada desafortunada. Pedro tomó la pelota y cuando giraba para picar, el marcador le metió una plancha en el tobillo. Pedro no se podía levantar del dolor.

- Dale cagón, levantate. No seas marica, gritaba el padre de Pedro.
- No puedo, no puedo, aullaba Pedro.
- Que te levantes o vas a ver lo que te espera, amenazó.

Se levantó con dificultad, el dolor era insoportable. El spray no calmaba el ardor. A pesar de no querer seguir, estaba obligado a hacerlo. Miró a su padre y lo vio callado, le habían dado un mate y estaba distraído hablando con otro padre. De repente Pedro vio el claro, la jugada esperada del partido de su vida.
Recibió la pelota, pero no enfiló por el lateral, sino que se paró en la línea de la mitad del campo y enfilo hacia las gradas. El padre seguía distraído.
Cuando estaba a punto de llegar a la línea del outbol la calzó justo, de derecha, llenándose todo el empeine con el balón. La pelota pegó de lleno en la cara del padre y la bombilla le cortó la boca. El otro cuadro hizo un gol y Pedro perdió el campeonato.
Al año siguiente, Pedro entró al liceo y leyó cuanto quiso. Ya nadie le rompería los huevos con el fútbol.

20 Junio 2008

"Una pequeña discusión con Jesús"

ESTA ES LA SEGUNDA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. LA SOMBRA DE LUMIÈRE PUBLICA HOY EL CUENTO "UNA PEQUEÑA DISCUSIÓN CON JESÚS" DE RICHARD FERREIRA.


Por Richard Ferreira

La tarde se deslizaba como una babosa, lenta, muy lenta y pesada. Sólo el medio litro de whisky menos en mi botella, acompasaba el flagelo. En la televisión, durante toda la semana hubo sólo noticias lamentables. Una inundación en Paso de los Toros, mísiles y guerra por petróleo. Un cura era acusado de violar niños en una fundación de ayuda a carenciados sociales y pedía el perdón público; el consenso general se lo daba. En realidad el común de la gente prefiere olvidar rápidamente ese tipo de atrocidades, seguramente porque le recuerden que es parte de esa eterna condición de ciegos.

Para colmo, la semana había sido fatal, problemas con el trabajo, en la familia, hasta el jodido perro se había enfermado y hubo que pagarle una operación. El perro estaba afiliado a la veterinaria y yo no tenía un seguro médico, ni cuota mutual, ni un lugar donde atenderme. Seguramente, de pasarme algo, terminaría en una sucia cama del Maciel, envuelto en sábanas con orines, amarillas y duras de mugre abandonando mis males y adquiriendo nuevas y misteriosas enfermedades.

Estaba mirando la televisión, en aquel viernes 13 cuando sonó el teléfono. Me levante pesadamente del sillón, como no queriendo ir, arrastrando conmigo todas aquellas imágenes del infierno televisivo. Marionetas demoníacas imitando lo humano y lo humanizante.

- Hola, dije.
- Sí, con lo de Hugo.
- Si, él habla.
- Hola, soy Jesús. Te he estado buscando.

Por más que busque en mi memoria el recuerdo de este tal Jesús, éste no apareció. Recuerdo cierta vez, después de una fiesta en la Facultad de Arquitectura, que todo el mundo me saludaba al otro día mientras iba a clase. No reconocí a nadie. Más tarde me enteré que me emborrache y recite a Shakespeare, mientras me trepaba a la “Victoria de Samotracia” y le besaba los pechos. Realmente cojonudo. La gente es así, idealiza casi todas las cosas.

- Estoy acá y no puedo pasar el río. Está crecido.
-¡Mirá!, contesté sorprendido, sin saber con quien estaba hablando.
- Decile a María que ahora paso a buscarla en moto para cenar.

¿Quién diablos era María? ¿Y Jesús? Me llevó algún tiempo hacer una conexión posible de los hechos. A esa altura el whisky había hecho su trabajo y las cosas parecían recuperar un sentido místico e intangible, oculto la mayoría de las veces tras la cortina de lo rutinario y cotidiano.
Decidí llevar la conversación como que todo fuera normal y conociera al que estaba del otro lado.

- ¿Cómo anda el asunto de la carpintería?, le dije.
- Bien, por ahora, me contestó para mí asombro.
- ¿Cómo está José?, le pregunté.
- Ahí anda, cuidando del negocio.
- ¿De dónde me llamás?
- Estoy acá en el camping.

Ya a esta altura la imaginación volaba. Lo veía en el desierto, tal cuál se menciona en los pasajes bíblicos, en medio de un campamento justo antes del milagro del pan y los peces. ¿Acaso los uruguayos no hacemos ese milagro todos los días?, me pregunté.

- ¿Qué van a comer?
- Compré pescado, me contestó.
- ¿Estás seguro que va a dar para todos? Mirá si te caen visitas.
- Donde comen dos, comen tres, dijo mi interlocutor desconocido, pero infinitamente sapiente.

No sé porque razón, de repente, vino hasta mí la noticia de la inundación de paso de los Toros. Hacia algunos años atrás estuve en un camping, cerca del Río Negro. El desconocido había mencionado que estaba en un camping.

- ¿Dónde estás?, le pregunté.
- Acá, cerca del Río Negro.
- ¿En Paso de los Toros?
- Si. Decile a María que la paso a buscar.

María madre o María amante. Supongo que no sería asunto mío, ya que en el medio estaría todo ese asunto de la fe.

La conversación se había hecho larga y en realidad ya me había aburrido del juego. Así que decidí terminarla.

- Lo siento, se equivocó de número. Estas hablando a Montevideo.
- ¿Por qué no me lo dijiste antes…?

Corté sin responder. ¿Sería o no el Mesías? Entonces, ¿por qué me llamó a mí? Si era él, ¿por qué no hacia nada por las víctimas de la inundación? ¿Qué hacía manejando una moto? Demasiadas preguntas, y mucho whisky, habían hecho su trabajo. Ya me dolía la cabeza.
Había perdido la fe hacia muchos años y sólo, de forma intermitente, se presentaba en los momentos complicados de mi vida.

Mientras tanto en el cuarzo de la televisión seguía lloviendo fuego sobre Bagdad, la policía mataba gente que robaba para comer, mientras banqueros ladrones de cuello blanco dormían cómodamente en cárceles con sábanas de seda. Mucha gente moría sin saber y sin pedir el sacrificio de otro por sus pecados personales. El mundo, en general, se seguía moviendo a partir de la estupidez de unos pocos y todos estábamos encerrados, confinados y condenados a él. Los corderos, por lo menos, teníamos alcohol.

16 Junio 2008

ESTA ES LA PRIMERA ENTREGA DE LA SECCIÓN “HISTORIAS QUE EL CINE SE PERDIÓ”. EN SU POST ESTRENO, “LA SOMBRA DE LUMIÈRE” PUBLICA UN CUENTO DE RICHARD FERREIRA INTITULADO “LOS AMANTES EN EL LABERINTO”.

Por Richard Ferreira

Se acomodó la bufanda y se puso de espaldas al viento para amortiguar el frío latigazo en el rostro. Sólo la tos, que aparecía de forma intermitente, rompía el silencio en medio de aquella oscuridad cerrada. Encendió un cigarro y miró a través del humo como tratando de adivinar las formas.
- ¿Era a las nueve?, se preguntó para sí, como dudando un momento.

Era una noche fría de invierno. Por la rambla, los autos corrían enloquecidos a sus casas donde aguardaba la seguridad, el vaso de whisky, una comida caliente. Así funcionaba el mundo; seguridad y costumbre, costumbre y más seguridad. El amor era una forma de ambas cosas. Una calesita monótona de decadencia.
- ¿Era a las nueve?, se volvió a preguntar, ahora algo más nervioso.

La ciudad se dibujaba allá a lo lejos. Las luces amarillas, algunas estáticas y otras en movimiento, parecían un hormiguero enloquecido, caótico y azaroso que devoraba a un oscuro y silencioso animal de bloque y vidrio, entre casa y casa.
Esperar, como él la esperaba, era como matarse arrancándose el corazón. Siempre que se separaban, él sentía que le quedaba el pecho abierto y vacío.
Siempre sabía cuando ella estaba llegando. De alguna forma, inexplicable, debajo de su piel, todos los besos que se habían dado volvían al mismo tiempo y lugar quemando como el viento que erosiona la roca. Él era arena entre sus manos.
En su reloj ya eran las nueve en punto, la alarma, que había colocado horas antes, así lo indicaba.
- ¿Sería acá?, se preguntó.

Eventualmente, el Parque Rodó le era familiar. Recordaba sobre todo el pelo de ella movido por el viento. Una bandera negra y preciosa que golpeaba su cara mientras la besaba. Pensaba en aquellos paseos tomados de las manos, mientras la noche caía suavemente sobre los dos. Era agradable ver como sus sombras se iban estirando hasta perderse para siempre en la oscura noche, fundiéndose a lo lejos.

- Ahí viene, se dijo. Le pareció ver desde la esquina el dibujo de su encantadora silueta, desvaneciendo todo a su alrededor, modificando las estructuras circundantes, trayendo un poco de primavera en medio de aquel gélido invierno.
Pero no era ella. En realidad no era nadie. La calle estaba totalmente vacía y los negocios estaban cerrando su cortina metálica.

- Su nombre era… ¿Cómo se llamaba? Le costó recordarlo, fue necesario volver otra vez a los viejos instantes, que como fotos en una caja de zapatos, le devolvían algo de aquellos momentos.
Siempre se encontraban en 18 de Julio, o cerca de ahí, y bajaban hacia el mar por cualquiera de las calles que le dieran perspectiva a su paseo. Allá en el fondo, el gris bañado de espuma los esperaba para presenciar su entera y total devoción.

No hablaban mucho, realmente no era necesario. Hablar es para los tontos que no saben comunicarse con el cuerpo, con los gestos, con el alma, con los latidos del corazón y las caricias. En su amor se intuían; no necesitaban más.

El tiempo y el espacio estaban desfasados. Esas dos razones siempre hicieron imposible un nuevo encuentro. Ambos habían soñado su propia historia.

¿Sería cierto?, pensó él. Era tan real, su piel tan tensa debajo de su pollera, sus muslos tan verdaderos. Trato de recordar el lugar donde se conocieron, sin embargo no pudo. Es que todo se esfuma después de un sueño, volviendo a la nada misma y al olvido.

De repente, un viento más frío llegó hasta él. Levantó la solapa de su abrigo y apuró otro cigarrillo. Escupió una bocanada de humo azul y sus ojos se empañaron. Se secó con su manga, haciéndose daño con uno de los botones de madera.
- La puta madre, dijo.

Se hizo tarde. El sol ya asomaba allá en el fondo del mar y la gente comenzaba a levantarse para ir al matadero. Tiró su cigarro y lo pisó hasta apagarlo.
- Quizás era mañana, pensó con algo de autocomplacencia.

- Mejor vuelvo mañana. Así había sido desde hacía siete años, más precisamente desde aquel día en que él entró al mar para nunca más salir, justo en el mismo instante en que ella se despertaba de su sueño, cien años atrás.
El enorme y complicado laberinto del espacio y el tiempo los contenía, mientras ellos soñaban con romper las paredes.